He tenido la suerte de asistir hace unos días a una conferencia de Francisco Rico en la que abordaba el papel de la lectura de los clásicos en la Enseñanza Secundaria. Fue la suya una intervención un tanto apocalíptica que partió de la idea del sinsentido de leer textos clásicos en el mundo actual como siempre se ha hecho. Para Rico, se impone sin lugar a dudas la necesidad de adaptar y para ello propuso una estrategia de acercamiento que combinara dos tareas:
- Lectura de la obra completa mediante una adaptación.
- Acercamiento al texto original a través de una antología personal realizada por el profesor de aquellos fragmentos con los que sienta mayor empatía y no con los más significativos desde un punto de vista que podríamos llamar “arqueológico”.
La despedida del ponente no puedo si no tacharla de frustrante por derrotista. Su idea de que los clásicos no tienen ya valor si no es para los profesionales de la materia me resultó terrible y me hizo cuestionar que el sentido de la enseñanza de la literatura ya no puede ser, al parecer, el mismo que tuvo para mí el aprenderla.
Rico apoyó su defensa de actualización de los clásicos partiendo de una adaptación reciente de El Quijote, preguntándose si debe respetarse o no el comienzo de la obra de Cervantes. Él lo dudaba, yo no. Yo pienso que no deben eliminarse ciertos arranques de obras que se han convertido casi en lexías complejas, en unidades, si no de sentido, sí de cultura, en lugares comunes del conocimiento: En un lugar de la Mancha; El día en que lo iban a fusilar; La heroica ciudad dormía la siesta; Yo, señor, no soy malo; Canta, oh Diosa, la cólera de Aquiles; Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo; y tantos otros. No sé si a ustedes les sucede lo mismo, pero yo me emociono con el simple hecho de enunciar estos pasajes, aunque no entienda su sentido estricto, filológico y profundo, aunque el “lugar” del comienzo de El Quijote sea una “aldea” y no “alguna parte” de la Mancha. De la Mancha, y no de La Mancha, como puntualizó don Francisco.
Otra de las ideas-fuerza de la charla de Rico fue que en la antología personal de los textos clásicos sobre la que proponía trabajar, se escogieran aquellos fragmentos que mejor pudieran llegar a los receptores o que mejor conocidos fuesen por el profesor. Daba a entender que se hace necesario llegar a la Literatura por la emoción, cosa en la que estoy completamente de acuerdo, aunque creo que encierra no pocos peligros. Una selección desde estos presupuestos supone la renuncia a las múltiples posibilidades de lectura de un clásico (que por eso es un clásico, digo yo) en favor de la propia interpretación del profesor en cuestión. Este hecho podría no tener mayor importancia en el caso de selecciones dirigidas a un lector “conocedor”, pero si con ellas nos dirigimos a un alumnado que desconoce y que con casi total seguridad no va a volver a acercarse a la obra clásica, pienso que se corre el riesgo de limitar la interpretación y, a la larga, condenar el texto al olvido o, lo que es peor, a una interpretación sesgada del mismo.
Pongo por caso el ejemplo que Francisco Rico utilizó. Si selecciono los pasajes más groseramente cómicos de El Quijote, estaré favoreciendo la imagen de un personaje loco de atar, del que nos reímos con crueldad, y olvidaré lo que para mí al menos es determinante y hace grande la obra de Cervantes: su decisión de enloquecer porque el mundo en el que vive no aporta ya nada a su vida. ¿No es simplificar demasiado?
José Mª González-Serna
(Publicado en Cuaderno de Clase)
